Neurobiología de la agresión

La agresión impulsiva es generalmente una respuesta inmediata a un estímulo del medioambiente. Para Stahl (2014) este tipo de respuesta puede reflejar “una hipersensibilidad emocional y una percepción exagerada de las amenazas, lo que puede ir ligado a un desequilibrio entre los controles inhibidores corticales de arriba-abajo y los impulsos límbicos de abajo-arriba”. El paradigma clásico, que liga la corteza prefrontal y áreas límbicas como la amígdala, es que la actividad en estructuras límbicas subcorticales como la amígdala es modulada por una influencia inhibidora desde estructuras corticales como la corteza prefrontal orbitofrontal (COF). De tal manera que un individuo que no restrinja su agresión impulsiva tendrá una gran actividad en la zona amigdalina y poca actividad inhibidora en la zona COF.

La amígdala se relaciona con un conjunto de procesos complejos como son la cognición social, la regulación de la emoción, el procesamiento de la recompensa y la memoria emocional; también con la detección de las amenazas procedentes del medio ambiente visual o auditivo así como la excitación de respuestas de lucha o huida a través de sus conexiones con estructuras del tronco del encéfalo. Personas con lesión en la amígdala muestran dificultades en reconocer las señales faciales de malestar y, de igual modo, para generar respuestas de miedo condicionadas (Adolphs, 2013).

Bullying

Es un fenómeno caracterizado por el acoso psicológico y/o físico en el ámbito escolar cuyo abordaje debe ser interdisciplinario. Involucra a toda la comunidad educativa en la cual está inmersa la familia y, por lo tanto, a la sociedad. En los últimos años la neurociencia ha estudiado las causas y consecuencias a nivel cerebral, lógicamente sin reducir esta problemática a lo biológico, sino tomando a la persona como un ser biopsicosocial para poder comprender la complejidad de la conducta humana.

Definición: se lo entiende como maltrato (agresiones físicas, verbales o relacionales) que recibe repetidamente y a lo largo del tiempo un alumno por parte de otros (uno o varios) y tiene efectos de victimización en quien lo recibe. Abuso de poder entre iguales. Genera angustia anticipada, antes de salir de casa, por lo que le pueda pasar.

«Un comportamiento prolongado de insulto verbal, rechazo social, intimidación psicológica y agresividad física de unos niños hacia otros que se convierten, de esta forma, en víctimas de sus compañeros» (Olweus, 1993).

Víctimas y agresores

Las víctimas son percibidas como inseguras, sensibles, poco asertivas, físicamente más débiles, con pocas habilidades sociales y, por ende, con pocos amigos, generalmente buenos alumnos.

¿Cómo se manifiestan?

Pueden presentar ansiedad, depresión, deseo repetido de no ir a clases, lo que se traduce en ausentismo escolar y disminución en el rendimiento académico.

Lamentablemente se conocen casos en los cuales la victimización prolongada ha generado ideación suicida. Hay un círculo vicioso que incrementa todo lo expuesto en el párrafo anterior dado por el incremento en el poder del agresor y el desamparo que siente la víctima, que llega a convencerse de que merece esa situación y debe convivir con ella.

Vemos la estrecha relación con la teoría “indefensión aprendida” que desarrollara Martin Seligman (en la década del 70) que en su origen permitió explicar un aspecto del comportamiento animal. Tras someter a un animal a descargas eléctricas sin posibilidad de escapar de ellas, no emitía ya ninguna respuesta evasiva aunque, por ejemplo, la jaula hubiese quedado abierta. En otras palabras, había aprendido a sentirse indefenso y a no luchar contra ello. Explicó el fenómeno en términos de una percepción de no contingencia entre posibles conductas de evasión y sus nulas consecuencias: haga lo que haga siempre obtendrá el mismo resultado negativo. El resultado más directo del proceso es la inacción o pérdida de toda respuesta de afrontamiento. Este es el principio de su Teoría de la Indefensión Aprendida, que se aplica a la conducta que adopta la víctima de bullying.

Los agresores o bullies son físicamente más fuertes, manejan cierto liderazgo, son impulsivos, no siguen reglas, desafiantes ante la autoridad, crean conflictos, tienen alta autoestima, baja tolerancia a la frustración, presentan actitud positiva hacia la violencia, no empatizan con el dolor de la víctima ni se arrepienten de sus actos.

Como consecuencia de su conducta consiguen sus objetivos con éxito y aumentan su status. Según Olweus, el reforzar y persistir con este comportamiento los predispone a otros desajustes sociales como vandalismo, mal rendimiento académico, uso de alcohol, portación de armas y robos hasta a procesos en la justicia por conducta criminal.

Los testigos se hayan presentes, pero no intervienen en el acoso directamente.

Entre las estrategias que se barajan para manejar el bullying se pone mucho énfasis en los testigos. El objetivo es enseñarles a oponerse, a empatizar y ocupar un rol diferente dentro del grupo. A buscar ayuda.

Aportes de la neurociencia

La corteza prefrontal del cerebro está relacionada con complejos procesos como la capacidad de comprender y entender las cosas que están o no aceptadas socioculturalmente, la toma decisiones, desarrollo de la conciencia moral y la capacidad de entender y responder al mundo emocional del otro.

Por otra parte, la empatía es la base para experimentar el mundo emocional del otro, necesaria para impulsar la ayuda al prójimo y lo relevante es que se puede desarrollar en el día a día.

Así como se pueden generar nuevas redes para mejorar las habilidades sociales, las Neurociencias han demostrado que los daños fisiológicos que causaría el bullying puede dejar una huella en el cerebro del adolescente, ya que éste se encuentra en una etapa de cambios mediados por fenómenos de plasticidad y desarrollo. Inclusive puede darse una modificación en los niveles de neurotransmisores y llevar a cambios en la conectividad del cerebro: las emociones negativas repetidas pueden reforzar los circuitos de temor o dolor. Estas “cicatrices” neuronales se parecen mucho a las que presentan niños que han sufrido maltrato o incluso abuso sexual.

Durante la adolescencia, el apego se traslada a los pares. Es tan importante este sentido de pertenencia al grupo, que en ocasiones los adolescentes pueden sacrificar valores aprendidos o su propia seguridad con tal de no sentirse excluidos. En investigaciones recientes los científicos encontraron que en el cerebro humano existe una relación estrecha en la manera en que se perciben el rechazo social y el dolor físico.

Bibliografía:

  • Anderson SW, Bechara A, Damasio H, Tranel D, Damasio AR. Impairment of social and moral behavior related to early damage in human prefrontal cortex. Nat Neurosci. 1999 Nov;2(11):1032-7. DOI: 10.1038/14833.
  • Resett, S. (2014). Bullying, víctimas, agresores, agresor-víctimas y correlatos psicológicos. Acta Psiquiátrica y Psicológica de la América Latina. 60(3):171-183.

ARTÍCULO DE M. VESTFRID