Me parece interesante abordar el tema de la muerte a los ojos de un niño y como lo tratamos nosotros los adultos.

¿De que manera educamos a nuestros hijos a ver a la muerte?

Y la pregunta más complicada sería, ¿por qué lo hacemos así?

Desde muy pequeños nos han dicho que la muerte es algo “malo” y por lo tanto vamos a evitar hablar de ella a toda costa con los más peques e incluso con nostros mismos, porqué algo tan doloroso no puede ser comprendido por alguien tan pequeño. En realidad quien no quiere mirarla de frente somos los adultos y nos refugiamos poniendo mil excusas para no plantarle cara.

¿Pero que es lo que nos pasa en realidad?

La muerte forma parte de la vida, eso es una realidad tangible, cuando nacemos lo único seguro que vamos a hacer aquí es morir. Nadie ha vivido eternamente con un cuerpo físico en este planeta, pero aún y así nuestra tendencia es a creernos que nuestro cuerpo y nuestro “yo” va vivir siempre, esa creencia forma parte de nuestra supervivencia.

Vivir de espaldas a la muerte hace que cuando llega el día a algún familiar o conocido o incluso intuir por algúna razón que la nuestra está cerca, nos sintamos llenos de dolor y sufrimiento.

Y todo esto nos lleva a sentirnos solos, desdichados, desgarrados…es en base a este dolor que creemos que la muerte solo la vamos a mirar de frente cuando sea totalmente imprescindible.

Pero… ¿y si propusieramos cambiar este enfoque y le dieramos otro tipo de visión más real y menos dolorosa?

La experiencia personal con mi hijo de vivir la muerte de familiares cercanos me han demostrado que los niños entienden mucho mejor de lo que creemos, que es la muerte.

A mi hijo siempre le he hablado claro, para mí la muerte es solo un tránsito y aunque solo fuese mi creencia, él siente alivio cuando le cuento que cuando mueres no desapareces, que sigues de otra manera, en otro lugar.

Siempre le planteé si quería ver a los abuelos y si sentía despedirse de alguna forma de ellos. Creo que es importante que los niños ocupen el lugar que se merecen en estos momentos y para nada dejarles de lado escondiéndolos.

En las dos ocasiones mi hijo quiso verles y despedirse(antes de eso le expliqué que estaban como si estuvieran dormidos). Incluso una vez quiso poner un corazón hecho de piezas de lego en el ataúd de la abuela.

Evidentemente surgen emociones tales como tristeza, rabia,…pero como adultos conscientes tenemos que saber dar este espacio para que los niños puedan expresarlas y permitirnos dárnoslo también a nosotros mismos.

Vivir desde este enfoque nos hace más libres en nuestro día a día, pensando siempre que la muerte no es nuestra enemiga, sino una aliada que a cada momento nos pueda conectar con nuestro aquí y ahora y por consiguiente empezar a vivir una vida más plena y consciente.